Hay dos tipos de soledad: la "soledad sonora", de la que gozan los místicos, pues no creen estar solos sino estar con Dios; y la "soledad forzada", no querida, sobrevenida a raíz de alguna tragedia o elegida libremente. ¿Cuál es vuestra soledad?
Yo no estoy solo, pero me siento solo. Puedo estar con 20 personas y aburrirme lo indecible, preferir salir y estar solo con mis pensamientos, recuerdos o proyectos. El TOC nos aísla, no nos aislamos nosotros.
Yo he sido la persona más sociable que conozco; sin embargo, con el transcurso de los años, me he quedado solo, y lo que es peor: no me siento motivado para hacer nuevas amistades o conocer a más gente. La primera pregunta que formula la gente tras las presentaciones es la siguiente: "Y tú, ¿a qué te dedicas?". A veces me siento animado y contesto sin problema: "He sido profesor de instituto; después me prejubilaron por enfermedad y ahora soy pensionista". Ahora bien, si tratan de inquirir más en mi vida, ya me encargo yo de frustrar su inquisición con un "ese asunto no te importa".
En la actualidad no estoy solo; vivo con mis padres. Pero me siento solo, y ese sentimiento causa, desde mi experiencia como paciente, mi depresión, y es, además, un vivero para mis obsesiones. Es entonces cuando recurro a los interminables rituales que alivian, momentáneamente, mi ansiedad. Pero los ritos, después de 38 años como enfermo de TOC, no han disminuido con cierta duración mi sufrimiento; al contrario, todo paciente de TOC sabe que aquéllos incrementan la ansiedad, desembocando en fuertes crisis.
Tal vez soy un masoquista desde el punto de vista inconsciente, pero los ritos son mi compañía. Una vez le dije a una psicóloga que me sentía, recordando los inmortales versos de Quevedo, "como un hombre a un rito pegado". Ella sonrió y me dijo: "Manuel, ¡qué ingenioso eres!". Sí, pero deseo cada día más, cada hora más, cada minuto más, aplicar mi ingenio a salir de esta soledad que me embarga, que me tortura; pues, insisto, este estado favorece el recrudecimiento de los pensamientos intrusos, de las dudas/ideas obsesivas. Para abandonar mi soledad me entrego a mis pasiones: los libros, la escritura, la buena música, la contemplación de la naturaleza(ahora tan maltratada, y que, por ende, se ha vengado de nosotros), las relaciones sociales virtuales..., con la esperanza de volver a ser, a medio o largo plazo, la persona sociable que fui; de tener relaciones sociales reales, de carne y hueso. Confieso que soy muy selectivo para aquéllas(este es otro obstáculo que se interpone en mi camino), pero mi esperanza también se dirige a encontrar, al menos, una persona con la cual pueda compartir, debatir, sentir... Cualquier cosa excepto sentirme solo, pues la soledad forzada es la antesala de muchos infortunios. ¡Qué pena no gozar de la soledad místico-sonora! Pero la crisis juvenil que se infiltró en mi vida me alejó de la férrea creencia en Dios. Ahora creo en Él en ocasiones. Espero que me comprenda y me perdone.
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