Al menos dos veces a la semana pienso en adoptar la solución final. Llevo 38 años luchando contra el TOC; le he ganado la partida muchas veces, pero él, cuando me gana, es como si me hubiese matado: me cuesta respirar, me tiembla todo el cuerpo, tengo dolor y tensión muscular, me sube la tensión, entro en crisis de ansiedad. Ese día es un día de cementerio para mí. Me acuesto por la tarde(cosa que no solía hacer desde hacía largo tiempo) y me levanto al día siguiente. Sí, la victoria ha sido suya. Son tantas las veces que me ataca una sola obsesión(¡una sola obsesión!), que no puedo resistirme a los rituales de comprobación(los que más suelo hacer) para asegurarme de que he pagado el café o el periódico, sobre si hace 25 años me comporté correctamente con cierta persona, sobre si mi vida pasada fue tal y como fue. Es el pensamiento mágico: temo que si no cedo a los ritos, podría cambiar toda mi vida pasada tal y como ha sido en todas sus facetas, podría dejar de ser quien he sido y quien soy. Esto es extenuante, y me invaden deseos de coger un cuchillo jamonero y cortarme las venas, o tomar una sobredosis de medicamentos..., ¡y no volveré a despertar, desaparecerá mi dolor y sufrimiento, viajaré al más allá! Fin de la Historia.
Al día siguiente me despierto, de nuevo, con tensión y pulsaciones altas, crisis de ansiedad. ¿Qué esperanza en la vida puedo albergar en estas condiciones?
Por la tarde, mi medicación ya ha hecho su efecto y me encuentro, otra vez, con fuerzas para vivir la bella vida que tengo: he sido profesor de Filosofía de instituto; mis alumnos me felicitaron, me saludaban por la calle; una de ellas me presentó a su padre..., en fin, fueron motivos para que, al regresar a casa, me dijese a mí mismo: "merece la pena seguir; qué feliz soy".
Al día siguiente, vuelven a atacarme las obsesiones y no puedo evitar caer en las trampas de mi subconsciente, en los rituales de comprobación mencionados más arriba, y cuando acabo termino, otra vez, extenuado y con deseos de abandonar este mundo.
Sí, son dos días a la semana en los que pienso suicidarme; el resto, hoy por hoy, vivo con moderada alegría, consigo hacer la EPR y parece como si nunca hubiese estado tentado en quitarme la vida. Pero lo estoy; no puedo negarlo, como tampoco puedo negar que, a pesar de todo, la vida es maravillosa. Deberían iniciarse foros sobre el suicidio, porque éste siempre está en nosotros como una espada de Damocles. Debemos dejar de considerarlo como un tabú. La sociedad debe madurar al respecto.
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