viernes, 22 de mayo de 2020

Mi primer ingreso

A eso de las 18:00h entró una cocinera que decía conocerme, se sentó junto a mí en una de las pocas veces que había decidido usar esas sillas; estaban contaminadas, pero había estado durante tres horas dando vueltas por ese salón, que olía a tabaco y a medicamentos, y estaba cansado. Sin preguntarme si me apetecía hablar, sin identificarse, espontáneamente me habló con ternura, me preguntó si me apetecía tomar un zumo, me dijo que me conocía, y era cierto. Cuando la vi entrar y dirigirse a mí, ya había cerrado un ojo y me había tapado los oídos, pero era inútil:  esa impertinente y maleducada me habló del barrio donde vivimos, me dijo que yo, cuando era pequeño, tocaba la guitarra, parecía jactarse de una mentira:  dijo conocerme desde que yo nací. Me estaba torturando, pues, de entrada, esa simplona mujer era un tabú para mí, y no podía hacer nada para desembarazarme de ella; trabajaba allí y se jactaba de comprender "a las personas enfermas que allí estaban". "Perdone, yo no estoy enfermo. Me han traído aquí sin saber por qué, y mi madre no me ha dado antes ninguna explicación". "Hijo, los médicos van a verte para saber qué te pasa y ayudarte". Intentó acariciarme, pero justo en ese momento me levanté de la silla y seguí dando vueltas al salón. En él había mucha gente de avanzada edad muy medicada, otro señor estaba durmiendo; solo se despertaba cuando le llamaban para desayunar, comer y cenar. Otros jugaban al ping-pong. Otros veían la televisión. Yo seguí contemplando el bello paisaje exterior desde una de las ventanas de la sala, fumando compulsivamente. A la hora de cenar, ocupé mi sitio, después regresé al salón, y a eso de las 10 de la noche subí a mi habitación, entré y me sentí como en una cárcel. Todo estaba pulcro, la cama era perfecta, en el armario se hallaban mis efectos personales que no utilicé durante los cinco días que estuve ingresado. Me acosté, comencé a mirar al techo y no dije nada; ¡es que no me lo podía creer!  ¡mis padres habían pagado a esta gente para que me secuestraran!
Salí de la habitación y bajé al salón; pensaba que a esa hora estaría mi pandilla en la cafetería de los viernes tomando sus cubatas y charlando, riendo, ligando, haciendo planes para la noche...¡y yo estaba aquí, en un sanatorio psiquiátrico sin sucederme nada!  Deseaba que llegasen mis padres para arrancarles el cuello. "Claro, les molesto y se han desecho de mí", pensé, y mi furia hacia ellos comenzó a crecer. 
Un enfermero me vio y me dijo:  "Pero, ¿qué hace aquí todavía este muchacho?  Vamos a darte una pastillita para dormir". No pude guardarla en mi bolsillo y tirarla después porque él llevaba un vaso de agua. Me costó mucho trabajo tragarla porque era enorme. Después subí otra vez a mi habitación, me acosté y en breves minutos cerré los ojos.
De madrugada me desperté con una sed terrible, y al incorporarme me caí de la cama, chocando, en la caída, con la mesilla adjunta. Quería coger la jarra de agua que había allí, pero no podía; intenté levantarme, pero volví a caerme. Entró un celador, alarmado por el estruendo que hice al caer, me levantó, llenó la jarra de agua, me la ofreció y me la bebí toda. Me ayudó a acostarme. Me desperté a las 8 de la mañana, y mi boca se abría involuntariamente, me levanté y andaba con dificultad. Parecía uno de los que estaban ingresados en antiguos frenopáticos, no controlaba mis movimientos. Cuando me vieron así, me pusieron una inyección, y, al cabo de un rato, volví a sentirme bien. Ese enfermero hijo de puta, quien-ya sé-, obedecía órdenes, me dio un Sinogan 200 mg; lo supe muchos años después, comentando este incidente con el psiquiatra que me vio posteriormente; me dijo que ya no fabricaban Sinogan de 200 sino de 100 mg. La primera pastilla que tomaba en mi vida fue una "bomba" de las que administraban, antaño, a los compañeros de celda de Alice Gould, la protagonista de "Los renglones torcidos de Dios", novela inmortal de Torcuato Luca de Tena.
Durante mi primer ingreso(que fue un secuestro) me vieron dos psiquiatras, hablaron con mis padres y les dijeron que yo no tenía que estar allí; "su hijo puede llegar a ser una eminencia", aseguró uno de ellos. Me diagnosticaron lo que entonces se llamaba neurosis obsesiva, y convinieron en la necesidad de asistir a consultas externas una vez a la semana. 
Tras las vacaciones de Navidad fui a la primera de ellas. El doctor M me recetó Tranxilium, un ansiolítico, y su colega, el doctor G se hizo cargo de mí. Me concedió un mes para deliberar, pues yo seguía sin tener ni interés ni ganas de acudir a ninguna consulta.

jueves, 21 de mayo de 2020

El secuestro

Aquella tarde de domingo lo estaba pasando bien en la cafetería que nos servía a la pandilla de punto de encuentro. Al salir, noté que mi jersey se rozó con la cazadora de cuero de un hombre de una etnia-tabú para mí. Aligeré el paso, casi corría en dirección a mi casa, jadeando, deseando llegar; parecía que nunca iba a llegar. Cuando entré en casa fui directamente al cuarto de baño, me desnudé de cintura hacia arriba, cogí una cuchilla de afeitar y comencé a cortarme en el lugar exacto donde había notado el roce con aquel hombre. La sangre manaba, y yo sentía un enorme placer:  ¡estaba purificándome!  
Después cogí la toalla para tapar la herida, cogí mi ropa, salí a la galería, pero al pasar por el salón, mis padres vieron cómo salía la sangre. "Pero, hijo, ¿qué te pasa?", preguntaron asustados y preocupados. "Me han cortado unos tipos en el cuarto de baño del café. Me han dicho que si no les daba la cartera, me apuñalarían", respondí yo. Mi madre me curó la herida, me vendó y después entré en mi habitación. No derramé ni una sola lágrima; ella las derramó por mí.
La semana transcurrió como siempre, con obsesiones y rituales, pero no suponían ningún problema; controlaba el mundo que había creado; era feliz, respiraba de un modo distinto, estaba en la Universidad, había conocido a uno o dos compañeros con los que me llevaba bien, e ignoraba al resto:  era un escorial humano, una multitud de mediocres y mequetrefes.
Aquel viernes, 12 de diciembre de 1985, comenzamos las vacaciones de Navidad. Regresé a mi casa a eso de las 12:30h. Me acosté un rato mientras mi madre cocinaba. A las 13:00h abrió la puerta de mi habitación y me dijo:  "Manolo, unos señores han venido a verte". No preguntaron educadamente si podían pasar; irrumpieron en mi habitación, la morada de mi intimidad, y quien encabezaba el trío de mercenarios me espetó:  "Hola, Manolo. Venimos para que nos acompañes a tramitar unas cosas del seguro escolar". Pero, ¿de veras creía ese tipo que no sabía dónde me llevaban?  Bajé las escaleras con ellos, y, girando la cabeza para mirar a mi madre, vi a ésta llorando mientras me decía:  "Aquí te espero, hijo. Después te traerán esos señores". Cuando entré en su coche me situé detrás junto a un vetusto celador(yo sabía quiénes eran, dónde trabajaban y hacia dónde me conducían), enfilamos el camino hacia el sanatorio psiquiátrico por cuyos alrededores me había paseado tantas veces y cuyo letrero tantas veces había visto. Entré flanqueado por mis secuestradores, quienes me dirigieron al salón de estar. Allí permanecí toda la tarde. Uno de ellos me dijo que si quería tabaco lo pidiera; mis padres habían pagado todo lo que yo necesitara. ¡Ah, caramba, ya sabía quiénes habían pagado mi secuestro!  De momento, acompañé a aquel individuo para que me diese dos paquetes de cigarrillos. En el salón estaba encendida la televisión, y por la música del programa que estaban emitiendo sabía que eran, grosso modo, las 15:30h. Mis compañeros/as de salón ya habían comido, pero yo ni me había planteado pedir un bocadillo. Solo clamaba venganza contra mis padres cuando saliera de aquel frenopático.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Renace la esperanza

Me derivaron a una psicóloga clínica que somete a sus pacientes a TCC. Es la terapia cognitiva-conductual, basada, sobre todo, en la exposición, en la manifestación de los síntomas del TOC. Cuando acuden las obsesiones, he de dejar que éstas, cual abejas, claven su aguijón en mi mente, y sabido es que las abejas mueren cuando clavan su aguijón. Cuando tengo obsesiones, no he de luchar contra ellas, pues eso les conferiría más fuerza y poder; le otorgaría poder a lo absurdo, cuando se trata de ignorarlo precisamente por lo que es, y yo sé que lo es. Quien padece trastorno obsesivo compulsivo sabe, antes de entregarse a los rituales para mitigar su dolor, que éstos no tienen sentido; los rituales no cambian nuestra realidad, nuestra vida pasada; al contrario, son el sinsentido; lo único que añaden a nuestra mente es sufrimiento, nos torturan, nos bloquean.
En los inicios de mi enfermedad experimentaba placer haciendo ritos; ellos me sumían en mi mundo mágico, pero ese placer se derivaba del control que yo tenía sobre ellos. Ese mundo, mi mundo, construido con tanto esfuerzo para darle sentido a mi vida, funcionaba porque yo era su amo; obedecía a mis órdenes, y, por tanto, no me agotaba en absoluto. En relación a mi mundo mágico tenía experiencias extáticas. Pero cuando mi obra de arte se rebeló contra mí, se desmoronó a la vez y me sepultó. Pero mi obra, cual Ave Fénix, surgió de sus cenizas y tomó el control sobre mí. Ahora yo era el esclavo. ¡Y seguía sintiendo placer acatando sus órdenes!
Erich Fromm, en su Ética y Psicoanálisis, habla de una modalidad de hedonismo:  "la de aquél que encuentra su fuente de placer en la esclavitud y no en la libertad, en el odio y no en el amor, en la explotación y no en el trabajo productivo(...). Es el hedonismo del neurótico". 
Mi psicóloga clínica me está ayudando a acercarme a los términos opuestos:  libertad, amor y productividad. Soy yo quien, con mi lucha, estoy desmitificando aquel mundo que me habría matado o vuelto loco. Comienzo a tener, de nuevo, esperanza en que mi vida tenga sentido sin necesidad de recurrir a la esclavitud, al odio o la autoexplotación.

sábado, 16 de mayo de 2020

Decepción

Tras presentarme a las oposiciones a Enseñanza Secundaria sufrí un rebrote de mis síntomas:  los ritos volvieron a ser persistentes, volví a quedarme extenuado, después de lo cual regresaba otra obsesión, a la que respondía con nuevos ritos, y, así, el círculo vicioso retornó, mi mente volvió a sentirse asediada. Mi psiquiatra me dijo que no me preocupase, que se trataba de "una pequeña recurrencia":  o estaba seguro de lo que decía o se trataba de una mentira piadosa a la que tanto recurren los médicos. En cualquier caso, sentí que la cápsula en la que había vivido desde los 15 años se abrió y penetró el mundo exterior, el de los demás, el mundo normal. Y no me gustó nada de lo que comencé a vivir en él:  los días, ahora, eran los días y no mis días, el verano era el verano y no mi verano, la Navidad era la Navidad y no mi Navidad...
Ya no tenía deseos de salir tanto como lo había hecho desde que mi psiquiatra 'casi' me había curado; comencé a aislarme paulatinamente del mundo. Seguí asistiendo a mis consultas, y de ahí regresaba a mi casa abatido, sumido en una gran depresión. "Todo ha terminado", me dije. La dimensión de futuro se había eliminado de mi mente, al menos la de un futuro pletórico de ilusiones y ganas de vivir. Me remitieron a otro psiquiatra que estaba prescribiendo un fármaco que hasta ahora no había tomado:  ¡nada de nada!  Pero allí, en aquel hospital, conocí a uno de los psicoanalistas que decidió tratarme, y me rescató del abismo en tres años, ¡solo en tres años!  De nuevo despertaron mis ansias de vivir, volví a tener apetito de conocimiento, retomé mis lecturas y escrituras, me invitó a unas charlas acerca de un tema que, como filósofo que soy, me apasiona:  la muerte. Hoy por hoy sigue pasando consulta y muchas veces me hallo tentado a volver a sus sesiones. Su recuerdo introduce su mente en la mía. Es una eminencia del psicoanálisis a nivel mundial, y estoy seguro de que pasará a la historia; más aún:  es ya una referencia obligada para todas las personas que quieran mejorar su salud mental..., y algo más.
Transcurridos esos tres años de dicha, volvió a descompensarse mi TOC. Y me puse en manos de otro psiquiatra eminente; solo se dedicaba a la medicación, pero gracias a ella disminuyó la crueldad de las obsesiones y ritos, aunque no fue suficiente, y, de consuno, ingresé en ese hospital cuyo reflejo en la habitación de mi casa dio lugar, a mis 15 años, al inicio de los rituales de mi "religión privada"(como dijo Freud). Dado mi defecto a esperanzarme cuando se inicia algún nuevo procedimiento terapéutico, creí, la noche de mi ingreso, que volvería a estar como nuevo cuando me diesen el alta. Pero no fue así. Me suministraron una medicación que no había tomado hasta ahora, me sentí mejor durante los primeros días, pero transcurridas dos semanas volví a ser presa de obsesiones. Éstas son ideas, pensamientos o imágenes que cercan la mente con mensajes absurdos, sin sentido, como, verbigracia, la idea según la cual no he pagado el café en el bar después de haberlo pagado, ni el periódico en el quiosco después de haberlo pagado, o la idea de que he violado a un bebé tras haber pasado junto a su carrito llevado por su madre, o la de que he violado a mi vecina, o matado a un amigo. Para mitigar el ilimitado dolor y ansiedad que se activa en estos casos, recurro a los ritos; el alivio que me proporcionan dura solo unos minutos, tras los cuales vuelven otras obsesiones con las que lucho a través de los rituales y vuelve, así, el círculo vicioso. ¿Cómo romperlo?

miércoles, 13 de mayo de 2020

La seducción del mundo mágico

Acabé mi Bachillerato y COU con la concesión de Matrícula de Honor. Desde aquella mañana de verano en la que comencé a brincar sobre la cama, estudiaba comprobando, al final de una lección, el último párrafo. Cuando salía de la habitación para ir al cuarto de baño, algo me detenía:  dudaba un instante sobre si lo que había leído era precisamente lo que había leído, y antes de entrar en el WC volvía a mi mesa de estudio para asegurarme de que era precisamente lo que había leído. Así comenzaron mis ritos de comprobación:  al final del estudio de cada lección, de cada traducción, de cada ejercicio, regresaba a la página final del libro de texto que había estudiado para asegurarme de que eso era lo que había estudiado. Eran los inicios, y a mí estos rituales no me agotaban en absoluto, no interferían en mi vida, pero en mi fuero interno sabía que algo me estaba sucediendo.
Cuando comencé mis estudios en la Universidad, el método de estudio siguió siendo el mismo. "Hay que asegurarse de las cosas", me decía a mí mismo, sin otorgarle más importancia al incipiente problema de la comprobación obsesiva. Gozaba y gozaba y gozaba(y gozo y gozaré siempre) leyendo y trabajando los libros de la Historia de la Filosofía. Subrayaba, escribía notas a pie de página, interrogantes para preguntar a mi profesor al día siguiente. Había escogido la carrera de Filosofía, la más apasionante, la matriz de la que nació el resto de saberes. Era feliz aunque mi vida social se redujese, como dije, a unos pocos compañeros y profesores. Cuando me licencié en Filosofía con una media de 9'25 grosso modo y ejercí como profesor en un instituto de Murcia, recibiendo, al final, la felicitación de mis alumnos, ¿qué más podía pedir a la vida?  Algunos de mis alumnos y alumnas me saludaban cuando me veían en el centro de la capital. Recuerdo la tarde en la que, camino de la consulta de mi psiquiatra, me encontré con una alumna y quiso que la acompañara para presentarme a su padre. ¡Por Zeus, este señor trabajaba en una oficina que distaba de la consulta unos 200 metros!  Pero en ese momento, no sé quién estaba más exultante:  mi alumna al presentar a su padre a su profesor de prácticas(joven, guapo y competente), o yo al escuchar lo que de mí decía aquella chica. Marché hacia la consulta eufórico. Estaba dentro de una cápsula de la que creía que nunca saldría; durante muchos años fui tan ingenuo como para creer que mi vida siempre sería así. Y así fue durante unos 20 años.

martes, 12 de mayo de 2020

Una enfermedad que afecta a (muchas) mentes privilegiadas

La Real Academia Española define absurdo como "Lo contrario a la razón. Lo que repugna el buen sentido". Y el filósofo René Descartes comienza su Discurso del método con estas palabras:  "El buen sentido[la razón] es la cosa mejor repartida del mundo". Si esto es cierto, ¿por qué mi mente no puede sortear las trampas que me prende mi subconsciente, trampas que son, precisamente, lo absurdo?
Comencé este Auschwitz mental a los 15 años. Recuerdo el primer día como si hubiese acontecido ayer:  tras levantarme y ver reflejado en la ventana de mi habitación el hospital que se halla frente a mi casa, inicié los primeros ritos(yo no tenía ni idea de que eso era lo que estaba haciendo):  inicié una serie de saltos sobre mi cama a la par que gritaba como si estuviese poseído. Era temprano, mis padres y mi hermana entraron para ver qué me sucedía; en ese momento dejé de hacer esas "cosas raras". Se quejaron porque les había despertado, y, a la vez, me preguntaron qué había hecho y por qué lo había hecho. No tuve respuesta ni para ellos ni para mí. Me duché, me vestí, desayuné y comencé a estudiar. Era verano. En septiembre debía hacer un examen en el instituto. Cuando estudiaba, en plena canícula, cerraba la ventana de mi habitación, encendía el flexo y cerraba la puerta. Así estuve estudiando durante dos meses y medio. En septiembre aprobé esa asignatura. Comencé 3º de BUP en la especialidad de Letras. Nunca más volví a suspender una asignatura. A partir de ese momento solo salía de casa para comprar tabaco y pasear durante un rato. Estaba poniendo los cimientos de mi mundo mágico, el que, sin saberlo, era el vivero de mi TOC, pero mientras ese mundo, construido por mí como Miguel Ángel pintó los frescos de la Capilla Sixtina, dio a mi vida un morrocotudo sesgo, fue una experiencia que me transformó en lo que yo quería ser:  una máquina, un ser humano sin humanidad, absorto en mis estudios y desafecto hacia el mundo que me rodeaba. ¡Pero, a día de hoy, 13 de mayo de 2020, sigo pensando que fueron los mejores años de mi vida!  Mi mundo mágico me proporcionaba todo lo que deseaba:  sentido a mi existencia, felicidad, sensaciones y emociones inefables, relaciones humanas exquisitas. Estaba en la élite. Yo era la élite.