A eso de las 18:00h entró una cocinera que decía conocerme, se sentó junto a mí en una de las pocas veces que había decidido usar esas sillas; estaban contaminadas, pero había estado durante tres horas dando vueltas por ese salón, que olía a tabaco y a medicamentos, y estaba cansado. Sin preguntarme si me apetecía hablar, sin identificarse, espontáneamente me habló con ternura, me preguntó si me apetecía tomar un zumo, me dijo que me conocía, y era cierto. Cuando la vi entrar y dirigirse a mí, ya había cerrado un ojo y me había tapado los oídos, pero era inútil: esa impertinente y maleducada me habló del barrio donde vivimos, me dijo que yo, cuando era pequeño, tocaba la guitarra, parecía jactarse de una mentira: dijo conocerme desde que yo nací. Me estaba torturando, pues, de entrada, esa simplona mujer era un tabú para mí, y no podía hacer nada para desembarazarme de ella; trabajaba allí y se jactaba de comprender "a las personas enfermas que allí estaban". "Perdone, yo no estoy enfermo. Me han traído aquí sin saber por qué, y mi madre no me ha dado antes ninguna explicación". "Hijo, los médicos van a verte para saber qué te pasa y ayudarte". Intentó acariciarme, pero justo en ese momento me levanté de la silla y seguí dando vueltas al salón. En él había mucha gente de avanzada edad muy medicada, otro señor estaba durmiendo; solo se despertaba cuando le llamaban para desayunar, comer y cenar. Otros jugaban al ping-pong. Otros veían la televisión. Yo seguí contemplando el bello paisaje exterior desde una de las ventanas de la sala, fumando compulsivamente. A la hora de cenar, ocupé mi sitio, después regresé al salón, y a eso de las 10 de la noche subí a mi habitación, entré y me sentí como en una cárcel. Todo estaba pulcro, la cama era perfecta, en el armario se hallaban mis efectos personales que no utilicé durante los cinco días que estuve ingresado. Me acosté, comencé a mirar al techo y no dije nada; ¡es que no me lo podía creer! ¡mis padres habían pagado a esta gente para que me secuestraran!
Salí de la habitación y bajé al salón; pensaba que a esa hora estaría mi pandilla en la cafetería de los viernes tomando sus cubatas y charlando, riendo, ligando, haciendo planes para la noche...¡y yo estaba aquí, en un sanatorio psiquiátrico sin sucederme nada! Deseaba que llegasen mis padres para arrancarles el cuello. "Claro, les molesto y se han desecho de mí", pensé, y mi furia hacia ellos comenzó a crecer.
Un enfermero me vio y me dijo: "Pero, ¿qué hace aquí todavía este muchacho? Vamos a darte una pastillita para dormir". No pude guardarla en mi bolsillo y tirarla después porque él llevaba un vaso de agua. Me costó mucho trabajo tragarla porque era enorme. Después subí otra vez a mi habitación, me acosté y en breves minutos cerré los ojos.
De madrugada me desperté con una sed terrible, y al incorporarme me caí de la cama, chocando, en la caída, con la mesilla adjunta. Quería coger la jarra de agua que había allí, pero no podía; intenté levantarme, pero volví a caerme. Entró un celador, alarmado por el estruendo que hice al caer, me levantó, llenó la jarra de agua, me la ofreció y me la bebí toda. Me ayudó a acostarme. Me desperté a las 8 de la mañana, y mi boca se abría involuntariamente, me levanté y andaba con dificultad. Parecía uno de los que estaban ingresados en antiguos frenopáticos, no controlaba mis movimientos. Cuando me vieron así, me pusieron una inyección, y, al cabo de un rato, volví a sentirme bien. Ese enfermero hijo de puta, quien-ya sé-, obedecía órdenes, me dio un Sinogan 200 mg; lo supe muchos años después, comentando este incidente con el psiquiatra que me vio posteriormente; me dijo que ya no fabricaban Sinogan de 200 sino de 100 mg. La primera pastilla que tomaba en mi vida fue una "bomba" de las que administraban, antaño, a los compañeros de celda de Alice Gould, la protagonista de "Los renglones torcidos de Dios", novela inmortal de Torcuato Luca de Tena.
Durante mi primer ingreso(que fue un secuestro) me vieron dos psiquiatras, hablaron con mis padres y les dijeron que yo no tenía que estar allí; "su hijo puede llegar a ser una eminencia", aseguró uno de ellos. Me diagnosticaron lo que entonces se llamaba neurosis obsesiva, y convinieron en la necesidad de asistir a consultas externas una vez a la semana.
Tras las vacaciones de Navidad fui a la primera de ellas. El doctor M me recetó Tranxilium, un ansiolítico, y su colega, el doctor G se hizo cargo de mí. Me concedió un mes para deliberar, pues yo seguía sin tener ni interés ni ganas de acudir a ninguna consulta.