jueves, 21 de mayo de 2020

El secuestro

Aquella tarde de domingo lo estaba pasando bien en la cafetería que nos servía a la pandilla de punto de encuentro. Al salir, noté que mi jersey se rozó con la cazadora de cuero de un hombre de una etnia-tabú para mí. Aligeré el paso, casi corría en dirección a mi casa, jadeando, deseando llegar; parecía que nunca iba a llegar. Cuando entré en casa fui directamente al cuarto de baño, me desnudé de cintura hacia arriba, cogí una cuchilla de afeitar y comencé a cortarme en el lugar exacto donde había notado el roce con aquel hombre. La sangre manaba, y yo sentía un enorme placer:  ¡estaba purificándome!  
Después cogí la toalla para tapar la herida, cogí mi ropa, salí a la galería, pero al pasar por el salón, mis padres vieron cómo salía la sangre. "Pero, hijo, ¿qué te pasa?", preguntaron asustados y preocupados. "Me han cortado unos tipos en el cuarto de baño del café. Me han dicho que si no les daba la cartera, me apuñalarían", respondí yo. Mi madre me curó la herida, me vendó y después entré en mi habitación. No derramé ni una sola lágrima; ella las derramó por mí.
La semana transcurrió como siempre, con obsesiones y rituales, pero no suponían ningún problema; controlaba el mundo que había creado; era feliz, respiraba de un modo distinto, estaba en la Universidad, había conocido a uno o dos compañeros con los que me llevaba bien, e ignoraba al resto:  era un escorial humano, una multitud de mediocres y mequetrefes.
Aquel viernes, 12 de diciembre de 1985, comenzamos las vacaciones de Navidad. Regresé a mi casa a eso de las 12:30h. Me acosté un rato mientras mi madre cocinaba. A las 13:00h abrió la puerta de mi habitación y me dijo:  "Manolo, unos señores han venido a verte". No preguntaron educadamente si podían pasar; irrumpieron en mi habitación, la morada de mi intimidad, y quien encabezaba el trío de mercenarios me espetó:  "Hola, Manolo. Venimos para que nos acompañes a tramitar unas cosas del seguro escolar". Pero, ¿de veras creía ese tipo que no sabía dónde me llevaban?  Bajé las escaleras con ellos, y, girando la cabeza para mirar a mi madre, vi a ésta llorando mientras me decía:  "Aquí te espero, hijo. Después te traerán esos señores". Cuando entré en su coche me situé detrás junto a un vetusto celador(yo sabía quiénes eran, dónde trabajaban y hacia dónde me conducían), enfilamos el camino hacia el sanatorio psiquiátrico por cuyos alrededores me había paseado tantas veces y cuyo letrero tantas veces había visto. Entré flanqueado por mis secuestradores, quienes me dirigieron al salón de estar. Allí permanecí toda la tarde. Uno de ellos me dijo que si quería tabaco lo pidiera; mis padres habían pagado todo lo que yo necesitara. ¡Ah, caramba, ya sabía quiénes habían pagado mi secuestro!  De momento, acompañé a aquel individuo para que me diese dos paquetes de cigarrillos. En el salón estaba encendida la televisión, y por la música del programa que estaban emitiendo sabía que eran, grosso modo, las 15:30h. Mis compañeros/as de salón ya habían comido, pero yo ni me había planteado pedir un bocadillo. Solo clamaba venganza contra mis padres cuando saliera de aquel frenopático.

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