Acabé mi Bachillerato y COU con la concesión de Matrícula de Honor. Desde aquella mañana de verano en la que comencé a brincar sobre la cama, estudiaba comprobando, al final de una lección, el último párrafo. Cuando salía de la habitación para ir al cuarto de baño, algo me detenía: dudaba un instante sobre si lo que había leído era precisamente lo que había leído, y antes de entrar en el WC volvía a mi mesa de estudio para asegurarme de que era precisamente lo que había leído. Así comenzaron mis ritos de comprobación: al final del estudio de cada lección, de cada traducción, de cada ejercicio, regresaba a la página final del libro de texto que había estudiado para asegurarme de que eso era lo que había estudiado. Eran los inicios, y a mí estos rituales no me agotaban en absoluto, no interferían en mi vida, pero en mi fuero interno sabía que algo me estaba sucediendo.
Cuando comencé mis estudios en la Universidad, el método de estudio siguió siendo el mismo. "Hay que asegurarse de las cosas", me decía a mí mismo, sin otorgarle más importancia al incipiente problema de la comprobación obsesiva. Gozaba y gozaba y gozaba(y gozo y gozaré siempre) leyendo y trabajando los libros de la Historia de la Filosofía. Subrayaba, escribía notas a pie de página, interrogantes para preguntar a mi profesor al día siguiente. Había escogido la carrera de Filosofía, la más apasionante, la matriz de la que nació el resto de saberes. Era feliz aunque mi vida social se redujese, como dije, a unos pocos compañeros y profesores. Cuando me licencié en Filosofía con una media de 9'25 grosso modo y ejercí como profesor en un instituto de Murcia, recibiendo, al final, la felicitación de mis alumnos, ¿qué más podía pedir a la vida? Algunos de mis alumnos y alumnas me saludaban cuando me veían en el centro de la capital. Recuerdo la tarde en la que, camino de la consulta de mi psiquiatra, me encontré con una alumna y quiso que la acompañara para presentarme a su padre. ¡Por Zeus, este señor trabajaba en una oficina que distaba de la consulta unos 200 metros! Pero en ese momento, no sé quién estaba más exultante: mi alumna al presentar a su padre a su profesor de prácticas(joven, guapo y competente), o yo al escuchar lo que de mí decía aquella chica. Marché hacia la consulta eufórico. Estaba dentro de una cápsula de la que creía que nunca saldría; durante muchos años fui tan ingenuo como para creer que mi vida siempre sería así. Y así fue durante unos 20 años.
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