domingo, 1 de noviembre de 2020

El idiota

 Estoy llegando a metas que ya alcancé en su día, cuando mi primer psiquiatra casi me curó. Pero no me siento satisfecho totalmente, habida cuenta de lo mucho que aún me queda por conseguir. Es mi naturaleza:  soy una persona que desde muy pequeño se ha exigido mucho a sí mismo, lo cual me impide celebrar mis triunfos.

Desde noviembre pasado puedo volver a realizar una actividad que no podía hacer desde hace nueve años. Gracias a mi lucha lo he conseguido, ¡lo he conseguido!  ¡debería estar brincando de alegría!  

La pandemia lo ha cambiado todo. El mundo ya no será el mismo. No tiene sentido hablar de "nueva normalidad", como antes tampoco había normalidad. Nunca la ha habido y nunca la habrá. Convengo con William Shakespeare:  "El mundo es un cuento contado por un idiota". Ese idiota está con nosotros, y su relato nos condiciona. Los diferentes como yo tenemos que enfrentarnos a la idiotez día a día. El orden mundial ha sido demolido por el coronavirus, pero queda el idiota, que adopta la apariencia de monstruo, de fantasma que asusta mucho, y engaña a la gente, convirtiendo en real lo que es mera quimera que se incrusta en el cerebro y lo gobierna. De ahí surgen gobernantes peligrosos, que con solo pulsar una tecla de su ordenador pueden hacer desaparecer países enteros. Los idiotas gobiernan el planeta y el coronavirus mata sin piedad. ¿Qué nos queda?  La diferencia. Quienes luchamos para quitarle la sábana a ese fantasma no podemos rendirnos, no podemos claudicar ante la idiotez. La diferencia ganará la partida, una larga partida que se juega desde casa, desde el país donde vivimos. Impedir que el idiota pulse su tecla nos salvará del caos.


lunes, 14 de septiembre de 2020

Es necesario llorar. Dichosos los que tienen lágrima fácil.

Ayer, cuando terminé de comer, prorrumpí en sollozos en presencia de mis padres. Siempre prefiero llorar cuando estoy solo, pero era tal la tensión acumulada durante tantos días, los pensamientos acerca de la situación mundial en la que nos encontramos, la incertidumbre cada vez más acrecentada que se apoderó de mí mientras almorzaba, que salí de la cocina habiendo ya explotado. Inmediatamente entré en mi habitación; al seguir derramando lágrimas comencé a relajarme, pues no sé si sabéis que el llanto es un mecanismo de descarga de agresividad. ¡Me quedé fetén!  El resto del día seguí triste, pero necesitaba este estado anímico para provocar más llanto. Puse la radio, y, ¡sorpresa!, estaban emitiendo un programa de poesía dedicado al centenario del nacimiento de Mario Benedetti, que se cumple hoy precisamente. Pusieron una canción de Joan Manuel Serrat acerca del poeta y las lágrimas volvieron a brotar; la relajación fue estupenda. ¡Por fin pude llorar!  ¡Hacía tiempo que no podía!  Yo, como escribo en el título de la entrada del blog, hablo de la dicha que tienen los que lloran con facilidad.

No hemos de avergonzarnos de llorar si estallamos en compañía de otros. Las personas que han madurado tienen esa facilidad. Y los enfermos de TOC, como yo, somos personas altamente sensibles(PAS). Ya no me avergüenzo. Ojalá pueda volver a derramar lágrimas cuando lo necesite. Charles Dickens escribió:  "No hemos de avergonzarnos de nuestras lágrimas, pues son como la lluvia que lava el polvo cegador de nuestro endurecido corazón". 

jueves, 13 de agosto de 2020

Es demasiada incertidumbre

 Mi ansiedad era ya muy alta antes de la visita del COVID-19. Ahora éste se cierne sobre mí, obligándome a una reprogramación. Cada mañana, desde el 13 de marzo, me levanto más asustado que antes, más indeciso sobre lo que voy a hacer, más entristecido ante la "nueva normalidad". ¿Alguien puede explicarme qué es eso? Para mí nunca ha habido normalidad; todo ha sido anormal, esto es, sin norma, sin medida. Todo son excesos o defectos. Antes de la pandemia no sabía qué iba a suceder; ahora, esa incertidumbre se ha triplicado y me produce pánico; mis crisis de ansiedad son frecuentes; he leído en algún lugar que "la ansiedad es la mente yendo más deprisa que la vida". Ese es mi caso. Hoy es viernes, 14 de agosto de 2020, y mi mente ya apunta a 2021. ¿Qué sucederá?  ¿Habrá nacido la vacuna contra el coronavirus?  ¿Podré, de nuevo, besar a mi sobrino, abrazarlo?  Porque esta es una de las cosas que me mata:  no poder tener contacto afectivo con mis seres queridos. 

Cuando leo o escucho en los medios que "esta es la pandemia más grave de los tiempos modernos", un escalofrío recorre toda mi espalda, y me pregunto tantas cosas...

Mi TOC se ha resentido notablemente, pero los avances no, porque han sido resultado de una lucha que apuesta por la vida, y no habrá coronavirus que pueda vencerla. ¿Y si mi monstruo es atacado por el COVID-19?

Me levanto aterrado, sí, pero tras un cuarto de hora mi terror remite, aunque deba tomar mi medicación contra la crisis de ansiedad. Acuden a mi mente las cosas que hice el día anterior y sigo esa senda, una senda que abrí el pasado noviembre gracias a mi psicóloga clínica y mi colaboración. 

No sé si la incertidumbre que se ha apoderado de todos me volverá loco. Si eso ocurre, habré dejado de sufrir.

martes, 11 de agosto de 2020

La importancia de la vida social

 Somos una unidad biopsicosocial. Estoy trabajando en la rehabituación de los aspectos biopsíquicos. Ahora necesito urgentemente retomar mi vida social real. Por lo pronto, es un mérito haber abierto el ordenador, abrir cuenta en las redes sociales, crear una petición de firmas para que la sociedad conozca el TOC y el Ministerio de Sanidad escuche nuestra voz, así como crear un grupo de TOC en Facebook. Son mis logros, sí, que me permiten estar en contacto con muchas personas en todo el mundo, transmitirles mi experiencia como enfermo de TOC y escuchar sus vivencias, de las que también me estoy enriqueciendo. Esta es mi vida social virtual. ¡Ojalá llegara a conocer en vivo, algún día, a alguna de las personas con las que, diariamente, me relaciono a través de la Red!  Entretanto, he de salir a la calle todos los días, como he hecho durante más de 40 años.

Mi psicóloga clínica me dijo que no soy yo quien se ha aislado; me ha aislado mi enfermedad. Cierto.

He sido un hombre con gran don de gentes, animador de actos, participativo y receptivo en eventos. Pero temo encontrarme con los cambios que ha habido en ese mundo desde que me despedí de él. No quiero ver a gente conocida, esa gente chismosa que comienza a preguntar qué tal te va, qué haces ahora... Prefiero ser yo quien acuda a los mentideros de otrora para escuchar qué tal le va a fulano, mengano o zutano. ¿A qué estoy esperando?  A superar el miedo al reencuentro y a los cambios que han tenido lugar en mí. Ya no soy esa persona alegre, no me interesa saber nada del destino que deparó a quienes conocí, mi ansiedad se dispara cuando estoy hablando con algún conocido y regreso a casa con tensión muscular. Una conversación que dure más de 10 minutos me agota.

Necesito vida social real pero aún no estoy preparado..., a menos que me muestre tal y como lo hago cuando estoy en mi casa:  si tengo que girar la cabeza, giro la cabeza, si he de estirar el brazo, estiro el brazo, si he de hacer algún rito, lo hago. Y que los neurotípicos piensen de mí lo que les plazca. Ese es el punto:  que aún no me he aceptado tal y como soy, que no me quiero, que el TOC me ha humillado hasta límites insospechados. Ese es uno de mis retos:  quererme, quererme mucho para que los demás me quieran y para que yo les pueda querer.

domingo, 9 de agosto de 2020

Miedo a superar el TOC

Ayer, en el transcurso de una charla que mantenía con mi madre, le expresé mi malestar(tal vez fuese envidia) hacia quienes dicen haber superado el TOC. Yo estoy luchando contra él desde hace 38 años; he derribado torres muy altas; las actuales son, en comparación con aquéllas, meros escalones, pero estoy anquilosado. He progresado desde el pasado noviembre; con la ayuda de mi psicóloga clínica y mi lucha, he conseguido volver a poder leer, tarea que hacía 8 años que no podía realizar debido a la interferencia del TOC. Pero algo me iluminó; invoqué los poderes de mi inteligencia para tener la mente ocupada, y de esta operación pasé a otra y a otra, y fue emocionantísimo vivir el momento en el que, tras estar leyendo ante la pantalla del ordenador, pasé a coger uno de mis libros de papel, lo abrí, comencé a leer y lo hice con la fluidez y rapidez de toda la vida. Sentí una alegría que hacía temblar todo mi cuerpo. Ese día llegó y hasta ahora sigo embarcado en la aventura que siempre ha sido y que siempre será mi pasión:  los libros; soy un bibliófilo hasta la médula.
Sin embargo, mi sufrimiento sigue ahí; mis obsesiones, si bien han disminuido en número, me torturan como si de una legión se tratara.
Mi madre, que escuchaba atentamente mi parlamento, me preguntó:  "¿y si tuvieses miedo de conocer una dimensión nueva, de lo desconocido?  Esto es lo que conoces y te sientes cómodo". Las palabras de mi madre parecían estar siendo pronunciadas por un psicoanalista. Y me dieron que pensar; hoy sigo pensando en ellas, no paro de pensar en si, de veras, tengo miedo de estar aún mejor de lo que voy estando; tendría que exponerme ante mis miedos a desfallecer o volverme loco cuando dejase que las obsesiones me horadaran el cerebro, sin responder con mis interminables ritos para aliviar mi dolor. 
Sí, es posible que tenga miedo, terror, pavor a dejar que pensamientos intrusos, ajenos a mí, entren en mi morada sin mi permiso, la ocupen y se marchen cuando constaten que no lucho contra ellos. Confieso que, a día de hoy, no estoy preparado para semejante empresa. Necesito más tiempo. Desde noviembre no he cejado en mi empeño de retomar una actividad vital para mí. He de reponer fuerzas para el siguiente reto, y gozar, mientras tanto, de lo que he conseguido, algo que ya no esperaba.
Respecto de esas personas que dicen haber superado su TOC, les comunico mi alegría por ellas, pero sigo sin entender cómo es posible que un veterano de guerra como yo no lo haya conseguido ya. Tiempo al tiempo.

martes, 28 de julio de 2020

Odio a mi padre, amo a mi madre

Quizá sean los caprichos de la genética los que han causado mi TOC:  sí, a mí y no a mis primos hermanos. Lo sé, pero hasta la fecha no he podido dejar de odiarlos, a ellos y a mi tío, y, por supuesto, a mi padre. Si él sabía que su padre era un neurótico(los adjetivos "obsesivo" y "compulsivo" fueron posteriores a los años 40), no debería haber tenido hijos. A veces se lamenta, pero su lamento no me va a curar. Cuando peor me encuentro, con crisis de ansiedad, una legión de obsesiones ante las que respondo con rituales compensatorios, es cuanto más desearía ver muerto al marido de mi madre. A ella la amo muchísimo; cuando él enferma, me preocupo por la salud de quien me dio a luz, ya que mi padre ha ingresado 5 veces en 3 años, y eso supone una labor ímproba para ella, y temo que su agotamiento tenga nefastas consecuencias.
Si mi madre muere antes, no sé cómo voy a reaccionar. A mi psicóloga le dije que ya me imagino desplomándome, cayendo al suelo, perdiendo el conocimiento y teniendo que ingresar por duodécima vez; pero ésta sería una estancia en el hospital más larga que las anteriores. No sé si algún día de los días del resto de mi vida me repondría del trauma. O tal vez la muerte de mi madre sería un acicate para vivir en honor a ella, seguir haciendo las cosas que a ella le satisfarían desde el más allá.
Si mi padre muere antes, creo que sería casi feliz, mi ansiedad disminuiría, respirando mejor y saliendo a la naturaleza para gritar:  "¡Gracias, Dios mío!". Aunque mi TOC va a seguir siempre conmigo, al menos me sentiría más cómodo. Si Dios existe, me va a castigar por escribir tales cosas, pero seguro que no lo hará tanto como lo está haciendo mi enfermedad. Pero ante la incertidumbre, solo queda sobrevivir amando a mi madre. Creo que es lo que en psicoanálisis se llama "mother good enough"("madre suficientemente buena"), un privilegio que no todos ni todas tienen.

domingo, 26 de julio de 2020

Las veces que pienso en suicidarme

Al menos dos veces a la semana pienso en adoptar la solución final. Llevo 38 años luchando contra el TOC; le he ganado la partida muchas veces, pero él, cuando me gana, es como si me hubiese matado:  me cuesta respirar, me tiembla todo el cuerpo, tengo dolor y tensión muscular, me sube la tensión, entro en crisis de ansiedad. Ese día es un día de cementerio para mí. Me acuesto por la tarde(cosa que no solía hacer desde hacía largo tiempo) y me levanto al día siguiente. Sí, la victoria ha sido suya. Son tantas las veces que me ataca una sola obsesión(¡una sola obsesión!), que no puedo resistirme a los rituales de comprobación(los que más suelo hacer) para asegurarme de que he pagado el café o el periódico, sobre si hace 25 años me comporté correctamente con cierta persona, sobre si mi vida pasada fue tal y como fue. Es el pensamiento mágico:  temo que si no cedo a los ritos, podría cambiar toda mi vida pasada tal y como ha sido en todas sus facetas, podría dejar de ser quien he sido y quien soy. Esto es extenuante, y me invaden deseos de coger un cuchillo jamonero y cortarme las venas, o tomar una sobredosis de medicamentos..., ¡y no volveré a despertar, desaparecerá mi dolor y sufrimiento, viajaré al más allá!  Fin de la Historia.
Al día siguiente me despierto, de nuevo, con tensión y pulsaciones altas, crisis de ansiedad. ¿Qué esperanza en la vida puedo albergar en estas condiciones?
Por la tarde, mi medicación ya ha hecho su efecto y me encuentro, otra vez, con fuerzas para vivir la bella vida que tengo:  he sido profesor de Filosofía de instituto; mis alumnos me felicitaron, me saludaban por la calle; una de ellas me presentó a su padre..., en fin, fueron motivos para que, al regresar a casa, me dijese a mí mismo:  "merece la pena seguir; qué feliz soy".
Al día siguiente, vuelven a atacarme las obsesiones y no puedo evitar caer en las trampas de mi subconsciente, en los rituales de comprobación mencionados más arriba, y cuando acabo termino, otra vez, extenuado y con deseos de abandonar este mundo.
Sí, son dos días a la semana en los que pienso suicidarme; el resto, hoy por hoy, vivo con moderada alegría, consigo hacer la EPR y parece como si nunca hubiese estado tentado en quitarme la vida. Pero lo estoy; no puedo negarlo, como tampoco puedo negar que, a pesar de todo, la vida es maravillosa. Deberían iniciarse foros sobre el suicidio, porque éste siempre está en nosotros como una espada de Damocles. Debemos dejar de considerarlo como un tabú. La sociedad debe madurar al respecto.

martes, 14 de julio de 2020

El controlador controlado

Cuando hablo de los tipos de mi TOC, de las etapas que duran sus síntomas, hablo de años, de muchos años. Comencé con TOC de higiene, ideas obsesivas de contaminación(de lo que hay remanentes), y ahora padezco el infierno del pensamiento mágico. Como sabéis, es "la necesidad mental de controlar todo lo que me rodea", pasado o presente, y con altísimas dosis de ansiedad por no poder controlar el futuro. Temo que si no hago determinados rituales, podría cambiar mi vida pasada en su totalidad. El resultado es agotador. Es, una vez más, lo absurdo a lo que yo le confiero poder. Pero, ¿por qué?  ¿Por qué una mente analítica, lógica, racional como la mía, se entrega a estas tonterías?  Sí, he reaccionado así, pero, ¿y si el sótano de mi cerebro esconde una explicación científica a esta ilusión(del latín illusio-onis:  engaño)?  Acabo de esbozar una sonrisa tras escribir tal cosa. Es algo como para que, de solo contarlo, me dé vergüenza hasta el día del Armaggedon. Pero he sonreído.
¿Me controla alguien a mí?  Pues sí; verbigracia, el Estado se encarga, a través de las leyes que aprueba el poder legislativo, de pautar mi conducta desde un punto de vista social, legal, penal... Nos controlan a través de la ley para que no nos devoremos entre nosotros:  para que no haya crímenes, para que no se consumen actitudes retaliativas, para que no haya violencia entre los sexos, para que no haya evasión de impuestos o fraude a Hacienda...
Pero, ¿tiene el Estado pensamiento mágico?  ¿Cree el Estado que si sus representantes no se entregan todo un día a rituales podrían cambiar las cifras de criminales detenidos, o desaparecer millones del erario, o incrementar las violaciones de los derechos humanos...?  En suma, ¿cree el Estado que si no se somete a los rituales corre un serio peligro de extinción?  Obviamente, la respuesta es no. El Estado no tiene pensamiento mágico. Si él no lo tiene, yo puedo estar tranquilo de que mi vida pasada no cambiará jamás, será tal y como fue por siempre.
Así transcurren los días, semanas, meses y años de mi vida:  intentando controlar lo que no es necesario controlar, pensando lo impensable, concibiendo lo inconcebible. Et sic transit gloria mundi.

jueves, 9 de julio de 2020

¿Estar solo o sentirse solo?

Hay dos tipos de soledad:  la "soledad sonora", de la que gozan los místicos, pues no creen estar solos sino estar con Dios; y la "soledad forzada", no querida, sobrevenida a raíz de alguna tragedia o elegida libremente. ¿Cuál es vuestra soledad?  
Yo no estoy solo, pero me siento solo. Puedo estar con 20 personas y aburrirme lo indecible, preferir salir y estar solo con mis pensamientos, recuerdos o proyectos. El TOC nos aísla, no nos aislamos nosotros.
Yo he sido la persona más sociable que conozco; sin embargo, con el transcurso de los años, me he quedado solo, y lo que es peor:  no me siento motivado para hacer nuevas amistades o conocer a más gente. La primera pregunta que formula la gente tras las presentaciones es la siguiente:  "Y tú, ¿a qué te dedicas?". A veces me siento animado y contesto sin problema:  "He sido profesor de instituto; después me prejubilaron por enfermedad y ahora soy pensionista". Ahora bien, si tratan de inquirir más en mi vida, ya me encargo yo de frustrar su inquisición con un "ese asunto no te importa".
En la actualidad no estoy solo; vivo con mis padres. Pero me siento solo, y ese sentimiento causa, desde mi experiencia como paciente, mi depresión, y es, además, un vivero para mis obsesiones. Es entonces cuando recurro a los interminables rituales que alivian, momentáneamente, mi ansiedad. Pero los ritos, después de 38 años como enfermo de TOC, no han disminuido con cierta duración mi sufrimiento; al contrario, todo paciente de TOC sabe que aquéllos incrementan la ansiedad, desembocando en fuertes crisis. 
Tal vez soy un masoquista desde el punto de vista inconsciente, pero los ritos son mi compañía. Una vez le dije a una psicóloga que me sentía, recordando los inmortales versos de Quevedo, "como un hombre a un rito pegado". Ella sonrió y me dijo:  "Manuel, ¡qué ingenioso eres!". Sí, pero deseo cada día más, cada hora más, cada minuto más, aplicar mi ingenio a salir de esta soledad que me embarga, que me tortura; pues, insisto, este estado favorece el recrudecimiento de los pensamientos intrusos, de las dudas/ideas obsesivas. Para abandonar mi soledad me entrego a mis pasiones:  los libros, la escritura, la buena música, la contemplación de la naturaleza(ahora tan maltratada, y que, por ende, se ha vengado de nosotros), las relaciones sociales virtuales..., con la esperanza de volver a ser, a medio o largo plazo, la persona sociable que fui; de tener relaciones sociales reales, de carne y hueso. Confieso que soy muy selectivo para aquéllas(este es otro obstáculo que se interpone en mi camino), pero mi esperanza también se dirige a encontrar, al menos, una persona con la cual pueda compartir, debatir, sentir... Cualquier cosa excepto sentirme solo, pues la soledad forzada es la antesala de muchos infortunios. ¡Qué pena no gozar de la soledad místico-sonora!  Pero la crisis juvenil que se infiltró en mi vida me alejó de la férrea creencia en Dios. Ahora creo en Él en ocasiones. Espero que me comprenda y me perdone.

domingo, 5 de julio de 2020

No quiero vivir así

Cuando salgo me siento culpable. No me creo merecedor de un placer y de una necesidad tan básica e imprescindible como ésta. Es entonces cuando activo mis mecanismos de mortificación:  mis obsesiones me atacan y yo respondo mediante los rituales que necesito hacer para hallar un ápice de alivio, no implemento la EPR. Todo ello para castigarme, como si salir fuese un pecado, una imperfección, un deleite al que no he de aspirar. Al final del día, y tras haber remitido mi crisis de ansiedad gracias a la medicación que me prescribe mi psiquiatra para estos casos, es cuando me digo que soy un estúpido, un masoquista por mor de haberme dejado caer en las trampas que me prende mi subconsciente.
Hace muchos años superé este problema gracias a la intervención de mi psicoterapeuta:  para estos casos me dijo que recordase, antes de salir, lo siguiente:  "¿debo ser bueno?  Sí. ¿Puedo ser malo?  Sí, y no soy pecador; también soy bueno". Ayer, tras regresar a casa, invoqué la voz de aquel psiquiatra, y me sentí mejor, pero esa voz diabólica seguía acechándome:  "has salido; has sido malo". Grité tres veces para adquirir fuerza e impedir que esa voz triunfase. Mis gritos resultaron eficaces para acallar la voz proterva. No obstante, cuando llegó la noche tuve que recurrir a mi medicación, pero tuve la sensación de que al día siguiente(hoy) no me sentiría culpable, y así está siendo mientras escribo estas líneas, a las 11:00h. Hoy quiero volver a salir a pasear, a tomar un café o ese aperitivo de los fines de semana que tanto me gusta. Sin embargo, al margen de lo que haga, me place sentir una cierta paz interior, que, sin ser suficiente, quiere enviar a mi TOC un mensaje:  no vas a ganar, no me vas a conducir a la solución final; mientras ese Algo que mueve la Tierra quiera que aquí continúe, aquí continuaré, leyendo, escribiendo, escuchando música, gozando de la contemplación de la naturaleza, viendo crecer a mi sobrino y ayudando a los demás en la medida y ámbito de mi dominio.
El TOC puede retirarse siempre y cuando yo no le conteste, no luche contra él, pero ¡ay de mí si sucumbo a sus tentaciones!  En ese caso estoy muerto, vivo muerto, quiero estar muerto. Hasta la fecha estoy vivo. Pero, ¿es que no se da cuenta de que esta guerra no la va a ganar?  La vida es una sucesión de claroscuros, vale, pero mi mente tiene el poder de priorizar los claros sobre las tinieblas. Esa es la otra forma de vivir que quiero para mí y para el resto de la humanidad.

jueves, 4 de junio de 2020

Hoy he cumplido 53 años

Sí, hoy es mi cumpleaños. No sé cómo estoy aquí, después de 38 años de guerra contra el TOC. Si lanzo una mirada retrospectiva, me quedo estupefacto y, a la vez, muy orgulloso de mí. El demonio que anida en mi subconsciente aún no me ha matado; en los pulsos gana él casi siempre, pero en estrategias gano yo. Él sabe que soy un rival digno y muy difícil de vencer; resulta curioso que aún no se haya dado por vencido.
El pasado noviembre comencé a ganarle otra batalla. ¿Qué más he de hacer para demostrarle que no estoy dispuesto a caer en sus garras?  Me resisto siempre antes de sucumbir ante alguna de sus tentaciones, como son los ritos con los que alivio momentáneamente mi ansiedad, mi dolor, mi sufrimiento. Hoy comienza para mí un año decisivo; se tratará de caer en menos trampas aún; nunca le venceré por KO, pero sí por puntos(usando el argot pugilístico).
A lo largo de estos 38 años he creído morir, y, de hecho, he estado mucho tiempo en coma; las embestidas del Diablo han sido y son fuertes, solo puede detenerlas una persona fuerte, una persona que ame la vida por encima de todo, y ése soy yo.
Agradezco la ayuda de casi todos los psiquiatras y de casi todos los psicólogos/as que he tenido durante este tiempo(algunos procedieron como temo que son:  un psiquiatra y un psicólogo verdulero). Hoy, 4 de junio de 2020, en pleno azote del coronavirus, constato que también soy fuerte mentalmente para superar otros obstáculos. En estos meses pasados me he preguntado si no será mi TOC una ventaja para según qué situaciones, y la respuesta es afirmativa. Estoy acostumbrado, desde hace muchos años, a estar aislado; no me aislé yo; me aisló mi enfermedad, con lo cual el confinamiento obligado por el Gobierno para luchar contra el COVID-19 ha sido, para mí, coser y cantar. Pero apostillo lo que sigue:  "lo prohibido",  como ya dijo el gran Freud, "ejerce seducción". Más de una vez, durante esta cuarentena, me he sentido tentado a desobedecerla y salir a la calle cuando me viniese en gana, precisamente por eso, por el poder hechizante que tiene la desobediencia; incluso he soñado que me encontraba en medio de una carretera, solo, esperando a que viniese la Policía para espetarle:  "¿qué pasa?  Me iré a mi casa cuando me dé la gana". Pero, como dijo nuestro Calderón de la Barca, "los sueños sueños son". Los neuróticos obsesivos compulsivos somos incapaces de subvertir nada; es inconcebible, para nosotros, quebrantar una orden; por eso somos jodidamente neuróticos.
Pues bien, este neurótico ha cumplido 53 años. El año que viene ya veremos.

viernes, 22 de mayo de 2020

Mi primer ingreso

A eso de las 18:00h entró una cocinera que decía conocerme, se sentó junto a mí en una de las pocas veces que había decidido usar esas sillas; estaban contaminadas, pero había estado durante tres horas dando vueltas por ese salón, que olía a tabaco y a medicamentos, y estaba cansado. Sin preguntarme si me apetecía hablar, sin identificarse, espontáneamente me habló con ternura, me preguntó si me apetecía tomar un zumo, me dijo que me conocía, y era cierto. Cuando la vi entrar y dirigirse a mí, ya había cerrado un ojo y me había tapado los oídos, pero era inútil:  esa impertinente y maleducada me habló del barrio donde vivimos, me dijo que yo, cuando era pequeño, tocaba la guitarra, parecía jactarse de una mentira:  dijo conocerme desde que yo nací. Me estaba torturando, pues, de entrada, esa simplona mujer era un tabú para mí, y no podía hacer nada para desembarazarme de ella; trabajaba allí y se jactaba de comprender "a las personas enfermas que allí estaban". "Perdone, yo no estoy enfermo. Me han traído aquí sin saber por qué, y mi madre no me ha dado antes ninguna explicación". "Hijo, los médicos van a verte para saber qué te pasa y ayudarte". Intentó acariciarme, pero justo en ese momento me levanté de la silla y seguí dando vueltas al salón. En él había mucha gente de avanzada edad muy medicada, otro señor estaba durmiendo; solo se despertaba cuando le llamaban para desayunar, comer y cenar. Otros jugaban al ping-pong. Otros veían la televisión. Yo seguí contemplando el bello paisaje exterior desde una de las ventanas de la sala, fumando compulsivamente. A la hora de cenar, ocupé mi sitio, después regresé al salón, y a eso de las 10 de la noche subí a mi habitación, entré y me sentí como en una cárcel. Todo estaba pulcro, la cama era perfecta, en el armario se hallaban mis efectos personales que no utilicé durante los cinco días que estuve ingresado. Me acosté, comencé a mirar al techo y no dije nada; ¡es que no me lo podía creer!  ¡mis padres habían pagado a esta gente para que me secuestraran!
Salí de la habitación y bajé al salón; pensaba que a esa hora estaría mi pandilla en la cafetería de los viernes tomando sus cubatas y charlando, riendo, ligando, haciendo planes para la noche...¡y yo estaba aquí, en un sanatorio psiquiátrico sin sucederme nada!  Deseaba que llegasen mis padres para arrancarles el cuello. "Claro, les molesto y se han desecho de mí", pensé, y mi furia hacia ellos comenzó a crecer. 
Un enfermero me vio y me dijo:  "Pero, ¿qué hace aquí todavía este muchacho?  Vamos a darte una pastillita para dormir". No pude guardarla en mi bolsillo y tirarla después porque él llevaba un vaso de agua. Me costó mucho trabajo tragarla porque era enorme. Después subí otra vez a mi habitación, me acosté y en breves minutos cerré los ojos.
De madrugada me desperté con una sed terrible, y al incorporarme me caí de la cama, chocando, en la caída, con la mesilla adjunta. Quería coger la jarra de agua que había allí, pero no podía; intenté levantarme, pero volví a caerme. Entró un celador, alarmado por el estruendo que hice al caer, me levantó, llenó la jarra de agua, me la ofreció y me la bebí toda. Me ayudó a acostarme. Me desperté a las 8 de la mañana, y mi boca se abría involuntariamente, me levanté y andaba con dificultad. Parecía uno de los que estaban ingresados en antiguos frenopáticos, no controlaba mis movimientos. Cuando me vieron así, me pusieron una inyección, y, al cabo de un rato, volví a sentirme bien. Ese enfermero hijo de puta, quien-ya sé-, obedecía órdenes, me dio un Sinogan 200 mg; lo supe muchos años después, comentando este incidente con el psiquiatra que me vio posteriormente; me dijo que ya no fabricaban Sinogan de 200 sino de 100 mg. La primera pastilla que tomaba en mi vida fue una "bomba" de las que administraban, antaño, a los compañeros de celda de Alice Gould, la protagonista de "Los renglones torcidos de Dios", novela inmortal de Torcuato Luca de Tena.
Durante mi primer ingreso(que fue un secuestro) me vieron dos psiquiatras, hablaron con mis padres y les dijeron que yo no tenía que estar allí; "su hijo puede llegar a ser una eminencia", aseguró uno de ellos. Me diagnosticaron lo que entonces se llamaba neurosis obsesiva, y convinieron en la necesidad de asistir a consultas externas una vez a la semana. 
Tras las vacaciones de Navidad fui a la primera de ellas. El doctor M me recetó Tranxilium, un ansiolítico, y su colega, el doctor G se hizo cargo de mí. Me concedió un mes para deliberar, pues yo seguía sin tener ni interés ni ganas de acudir a ninguna consulta.

jueves, 21 de mayo de 2020

El secuestro

Aquella tarde de domingo lo estaba pasando bien en la cafetería que nos servía a la pandilla de punto de encuentro. Al salir, noté que mi jersey se rozó con la cazadora de cuero de un hombre de una etnia-tabú para mí. Aligeré el paso, casi corría en dirección a mi casa, jadeando, deseando llegar; parecía que nunca iba a llegar. Cuando entré en casa fui directamente al cuarto de baño, me desnudé de cintura hacia arriba, cogí una cuchilla de afeitar y comencé a cortarme en el lugar exacto donde había notado el roce con aquel hombre. La sangre manaba, y yo sentía un enorme placer:  ¡estaba purificándome!  
Después cogí la toalla para tapar la herida, cogí mi ropa, salí a la galería, pero al pasar por el salón, mis padres vieron cómo salía la sangre. "Pero, hijo, ¿qué te pasa?", preguntaron asustados y preocupados. "Me han cortado unos tipos en el cuarto de baño del café. Me han dicho que si no les daba la cartera, me apuñalarían", respondí yo. Mi madre me curó la herida, me vendó y después entré en mi habitación. No derramé ni una sola lágrima; ella las derramó por mí.
La semana transcurrió como siempre, con obsesiones y rituales, pero no suponían ningún problema; controlaba el mundo que había creado; era feliz, respiraba de un modo distinto, estaba en la Universidad, había conocido a uno o dos compañeros con los que me llevaba bien, e ignoraba al resto:  era un escorial humano, una multitud de mediocres y mequetrefes.
Aquel viernes, 12 de diciembre de 1985, comenzamos las vacaciones de Navidad. Regresé a mi casa a eso de las 12:30h. Me acosté un rato mientras mi madre cocinaba. A las 13:00h abrió la puerta de mi habitación y me dijo:  "Manolo, unos señores han venido a verte". No preguntaron educadamente si podían pasar; irrumpieron en mi habitación, la morada de mi intimidad, y quien encabezaba el trío de mercenarios me espetó:  "Hola, Manolo. Venimos para que nos acompañes a tramitar unas cosas del seguro escolar". Pero, ¿de veras creía ese tipo que no sabía dónde me llevaban?  Bajé las escaleras con ellos, y, girando la cabeza para mirar a mi madre, vi a ésta llorando mientras me decía:  "Aquí te espero, hijo. Después te traerán esos señores". Cuando entré en su coche me situé detrás junto a un vetusto celador(yo sabía quiénes eran, dónde trabajaban y hacia dónde me conducían), enfilamos el camino hacia el sanatorio psiquiátrico por cuyos alrededores me había paseado tantas veces y cuyo letrero tantas veces había visto. Entré flanqueado por mis secuestradores, quienes me dirigieron al salón de estar. Allí permanecí toda la tarde. Uno de ellos me dijo que si quería tabaco lo pidiera; mis padres habían pagado todo lo que yo necesitara. ¡Ah, caramba, ya sabía quiénes habían pagado mi secuestro!  De momento, acompañé a aquel individuo para que me diese dos paquetes de cigarrillos. En el salón estaba encendida la televisión, y por la música del programa que estaban emitiendo sabía que eran, grosso modo, las 15:30h. Mis compañeros/as de salón ya habían comido, pero yo ni me había planteado pedir un bocadillo. Solo clamaba venganza contra mis padres cuando saliera de aquel frenopático.

miércoles, 20 de mayo de 2020

Renace la esperanza

Me derivaron a una psicóloga clínica que somete a sus pacientes a TCC. Es la terapia cognitiva-conductual, basada, sobre todo, en la exposición, en la manifestación de los síntomas del TOC. Cuando acuden las obsesiones, he de dejar que éstas, cual abejas, claven su aguijón en mi mente, y sabido es que las abejas mueren cuando clavan su aguijón. Cuando tengo obsesiones, no he de luchar contra ellas, pues eso les conferiría más fuerza y poder; le otorgaría poder a lo absurdo, cuando se trata de ignorarlo precisamente por lo que es, y yo sé que lo es. Quien padece trastorno obsesivo compulsivo sabe, antes de entregarse a los rituales para mitigar su dolor, que éstos no tienen sentido; los rituales no cambian nuestra realidad, nuestra vida pasada; al contrario, son el sinsentido; lo único que añaden a nuestra mente es sufrimiento, nos torturan, nos bloquean.
En los inicios de mi enfermedad experimentaba placer haciendo ritos; ellos me sumían en mi mundo mágico, pero ese placer se derivaba del control que yo tenía sobre ellos. Ese mundo, mi mundo, construido con tanto esfuerzo para darle sentido a mi vida, funcionaba porque yo era su amo; obedecía a mis órdenes, y, por tanto, no me agotaba en absoluto. En relación a mi mundo mágico tenía experiencias extáticas. Pero cuando mi obra de arte se rebeló contra mí, se desmoronó a la vez y me sepultó. Pero mi obra, cual Ave Fénix, surgió de sus cenizas y tomó el control sobre mí. Ahora yo era el esclavo. ¡Y seguía sintiendo placer acatando sus órdenes!
Erich Fromm, en su Ética y Psicoanálisis, habla de una modalidad de hedonismo:  "la de aquél que encuentra su fuente de placer en la esclavitud y no en la libertad, en el odio y no en el amor, en la explotación y no en el trabajo productivo(...). Es el hedonismo del neurótico". 
Mi psicóloga clínica me está ayudando a acercarme a los términos opuestos:  libertad, amor y productividad. Soy yo quien, con mi lucha, estoy desmitificando aquel mundo que me habría matado o vuelto loco. Comienzo a tener, de nuevo, esperanza en que mi vida tenga sentido sin necesidad de recurrir a la esclavitud, al odio o la autoexplotación.

sábado, 16 de mayo de 2020

Decepción

Tras presentarme a las oposiciones a Enseñanza Secundaria sufrí un rebrote de mis síntomas:  los ritos volvieron a ser persistentes, volví a quedarme extenuado, después de lo cual regresaba otra obsesión, a la que respondía con nuevos ritos, y, así, el círculo vicioso retornó, mi mente volvió a sentirse asediada. Mi psiquiatra me dijo que no me preocupase, que se trataba de "una pequeña recurrencia":  o estaba seguro de lo que decía o se trataba de una mentira piadosa a la que tanto recurren los médicos. En cualquier caso, sentí que la cápsula en la que había vivido desde los 15 años se abrió y penetró el mundo exterior, el de los demás, el mundo normal. Y no me gustó nada de lo que comencé a vivir en él:  los días, ahora, eran los días y no mis días, el verano era el verano y no mi verano, la Navidad era la Navidad y no mi Navidad...
Ya no tenía deseos de salir tanto como lo había hecho desde que mi psiquiatra 'casi' me había curado; comencé a aislarme paulatinamente del mundo. Seguí asistiendo a mis consultas, y de ahí regresaba a mi casa abatido, sumido en una gran depresión. "Todo ha terminado", me dije. La dimensión de futuro se había eliminado de mi mente, al menos la de un futuro pletórico de ilusiones y ganas de vivir. Me remitieron a otro psiquiatra que estaba prescribiendo un fármaco que hasta ahora no había tomado:  ¡nada de nada!  Pero allí, en aquel hospital, conocí a uno de los psicoanalistas que decidió tratarme, y me rescató del abismo en tres años, ¡solo en tres años!  De nuevo despertaron mis ansias de vivir, volví a tener apetito de conocimiento, retomé mis lecturas y escrituras, me invitó a unas charlas acerca de un tema que, como filósofo que soy, me apasiona:  la muerte. Hoy por hoy sigue pasando consulta y muchas veces me hallo tentado a volver a sus sesiones. Su recuerdo introduce su mente en la mía. Es una eminencia del psicoanálisis a nivel mundial, y estoy seguro de que pasará a la historia; más aún:  es ya una referencia obligada para todas las personas que quieran mejorar su salud mental..., y algo más.
Transcurridos esos tres años de dicha, volvió a descompensarse mi TOC. Y me puse en manos de otro psiquiatra eminente; solo se dedicaba a la medicación, pero gracias a ella disminuyó la crueldad de las obsesiones y ritos, aunque no fue suficiente, y, de consuno, ingresé en ese hospital cuyo reflejo en la habitación de mi casa dio lugar, a mis 15 años, al inicio de los rituales de mi "religión privada"(como dijo Freud). Dado mi defecto a esperanzarme cuando se inicia algún nuevo procedimiento terapéutico, creí, la noche de mi ingreso, que volvería a estar como nuevo cuando me diesen el alta. Pero no fue así. Me suministraron una medicación que no había tomado hasta ahora, me sentí mejor durante los primeros días, pero transcurridas dos semanas volví a ser presa de obsesiones. Éstas son ideas, pensamientos o imágenes que cercan la mente con mensajes absurdos, sin sentido, como, verbigracia, la idea según la cual no he pagado el café en el bar después de haberlo pagado, ni el periódico en el quiosco después de haberlo pagado, o la idea de que he violado a un bebé tras haber pasado junto a su carrito llevado por su madre, o la de que he violado a mi vecina, o matado a un amigo. Para mitigar el ilimitado dolor y ansiedad que se activa en estos casos, recurro a los ritos; el alivio que me proporcionan dura solo unos minutos, tras los cuales vuelven otras obsesiones con las que lucho a través de los rituales y vuelve, así, el círculo vicioso. ¿Cómo romperlo?

miércoles, 13 de mayo de 2020

La seducción del mundo mágico

Acabé mi Bachillerato y COU con la concesión de Matrícula de Honor. Desde aquella mañana de verano en la que comencé a brincar sobre la cama, estudiaba comprobando, al final de una lección, el último párrafo. Cuando salía de la habitación para ir al cuarto de baño, algo me detenía:  dudaba un instante sobre si lo que había leído era precisamente lo que había leído, y antes de entrar en el WC volvía a mi mesa de estudio para asegurarme de que era precisamente lo que había leído. Así comenzaron mis ritos de comprobación:  al final del estudio de cada lección, de cada traducción, de cada ejercicio, regresaba a la página final del libro de texto que había estudiado para asegurarme de que eso era lo que había estudiado. Eran los inicios, y a mí estos rituales no me agotaban en absoluto, no interferían en mi vida, pero en mi fuero interno sabía que algo me estaba sucediendo.
Cuando comencé mis estudios en la Universidad, el método de estudio siguió siendo el mismo. "Hay que asegurarse de las cosas", me decía a mí mismo, sin otorgarle más importancia al incipiente problema de la comprobación obsesiva. Gozaba y gozaba y gozaba(y gozo y gozaré siempre) leyendo y trabajando los libros de la Historia de la Filosofía. Subrayaba, escribía notas a pie de página, interrogantes para preguntar a mi profesor al día siguiente. Había escogido la carrera de Filosofía, la más apasionante, la matriz de la que nació el resto de saberes. Era feliz aunque mi vida social se redujese, como dije, a unos pocos compañeros y profesores. Cuando me licencié en Filosofía con una media de 9'25 grosso modo y ejercí como profesor en un instituto de Murcia, recibiendo, al final, la felicitación de mis alumnos, ¿qué más podía pedir a la vida?  Algunos de mis alumnos y alumnas me saludaban cuando me veían en el centro de la capital. Recuerdo la tarde en la que, camino de la consulta de mi psiquiatra, me encontré con una alumna y quiso que la acompañara para presentarme a su padre. ¡Por Zeus, este señor trabajaba en una oficina que distaba de la consulta unos 200 metros!  Pero en ese momento, no sé quién estaba más exultante:  mi alumna al presentar a su padre a su profesor de prácticas(joven, guapo y competente), o yo al escuchar lo que de mí decía aquella chica. Marché hacia la consulta eufórico. Estaba dentro de una cápsula de la que creía que nunca saldría; durante muchos años fui tan ingenuo como para creer que mi vida siempre sería así. Y así fue durante unos 20 años.

martes, 12 de mayo de 2020

Una enfermedad que afecta a (muchas) mentes privilegiadas

La Real Academia Española define absurdo como "Lo contrario a la razón. Lo que repugna el buen sentido". Y el filósofo René Descartes comienza su Discurso del método con estas palabras:  "El buen sentido[la razón] es la cosa mejor repartida del mundo". Si esto es cierto, ¿por qué mi mente no puede sortear las trampas que me prende mi subconsciente, trampas que son, precisamente, lo absurdo?
Comencé este Auschwitz mental a los 15 años. Recuerdo el primer día como si hubiese acontecido ayer:  tras levantarme y ver reflejado en la ventana de mi habitación el hospital que se halla frente a mi casa, inicié los primeros ritos(yo no tenía ni idea de que eso era lo que estaba haciendo):  inicié una serie de saltos sobre mi cama a la par que gritaba como si estuviese poseído. Era temprano, mis padres y mi hermana entraron para ver qué me sucedía; en ese momento dejé de hacer esas "cosas raras". Se quejaron porque les había despertado, y, a la vez, me preguntaron qué había hecho y por qué lo había hecho. No tuve respuesta ni para ellos ni para mí. Me duché, me vestí, desayuné y comencé a estudiar. Era verano. En septiembre debía hacer un examen en el instituto. Cuando estudiaba, en plena canícula, cerraba la ventana de mi habitación, encendía el flexo y cerraba la puerta. Así estuve estudiando durante dos meses y medio. En septiembre aprobé esa asignatura. Comencé 3º de BUP en la especialidad de Letras. Nunca más volví a suspender una asignatura. A partir de ese momento solo salía de casa para comprar tabaco y pasear durante un rato. Estaba poniendo los cimientos de mi mundo mágico, el que, sin saberlo, era el vivero de mi TOC, pero mientras ese mundo, construido por mí como Miguel Ángel pintó los frescos de la Capilla Sixtina, dio a mi vida un morrocotudo sesgo, fue una experiencia que me transformó en lo que yo quería ser:  una máquina, un ser humano sin humanidad, absorto en mis estudios y desafecto hacia el mundo que me rodeaba. ¡Pero, a día de hoy, 13 de mayo de 2020, sigo pensando que fueron los mejores años de mi vida!  Mi mundo mágico me proporcionaba todo lo que deseaba:  sentido a mi existencia, felicidad, sensaciones y emociones inefables, relaciones humanas exquisitas. Estaba en la élite. Yo era la élite.